viernes, 19 de octubre de 2018

Primer capítulo de Un beso de esos, novela romántico erótica...

Hola chicos/as:
me gustaría compartir con vosotros el primer capítulo de Un beso de esos. Deseo que os guste y que disfrutéis de su lectura.
Besos románticos.




Prólogo

Cuando me puse a escribir este libro lo primero que me pregunté es si alguna vez en la vida me he sentido especial bajo el contacto de un beso. La respuesta, para mi sorpresa, es que cada beso que he recibido ha sido diferente, pero en todos he sentido algún tipo de afecto. El primero, fue el recibido de mis padres; el segundo, el de mis hermanos y familiares; y el tercero, el primer beso dado en la adolescencia, ese que nunca se olvida aunque haya sido un verdadero desastre. A partir de ahí se suceden más y más besos, pero que ya no te marcan de la misma manera, y, sin embargo, cada uno que has dado lo has hecho con la seguridad de que es por amor. Amor; esa palabra abstracta imposible de palpar y por el que se cometen un sinnúmero de locuras irracionales.
Pero ¿acaso el amor tiene sentido? Para nada. Y, no obstante, el amor mueve el mundo, es el único sentimiento que casi se es incapaz de definir; todo se basa en eso, en amar, de cualquier forma posible. Y la forma más usada para hacer que ese sentimiento se materialice es el beso. Ya sea en la frente, en las mejillas o en los labios, el cuerpo es un lienzo bastante amplio para besar. Cada uno tiene un significado, pero todos vienen a ser lo mismo, amor hacia esa persona. Incluso cuando lo haces a distancia o en secreto, tu deseo, tu mayor anhelo es poder besar y ser correspondido.
¿Qué pasa cuando se produce el milagro y llega un beso de esos apasionado tan especial que lo que hay alrededor desaparece y por tus venas sientes una borrachera de exaltación que hace que tu cuerpo se afloje? ¡Qué bello cuando te enamoras y las mariposas, hormigas o burbujas, según cuál sea el dueño, aparecen en la barriga, llegando a no dormitar por la noche y entrar en un estado de nervios maravilloso, sintiendo durante un tiempo como si fueras por la vida levitando!
Por suerte para mí, he podido probar varias veces de esos  besos y con cada uno he aprendido algo, hasta llegar a los que ahora tengo, de los que no aprendo nada porque son capaces de hacerme olvidar hasta de mi nombre, invitándome sólo a gozar de la suavidad de esos labios y su total entrega a mí.
Espero sinceramente que tengas la misma suerte que yo y si no es así no te angusties que pronto ese beso llegará. Incluso puede que tengas suerte y que en vez de ser un beso consentido sea uno robado, tal y como les pasó a los protagonistas de esta historia por circunstancias que escapaban de sus manos.



Acercamiento

“Un beso legal nunca vale tanto 
como un beso robado”.
Guy de Maupassant.

¿Alguna vez te han dado un beso de esos?
¿Un beso que te deje sin aliento?
¿Uno que cause que tu corazón se salte no sólo un latido sino dos o tres?
Eso fue exactamente lo que le pasó a Trudy sin esperarlo en mitad de la calle y por parte de un desconocido. Fue tal lo que sintió, que se quedó parada mirando embobada su ancha espalda mientras aquel anónimo se marchaba, bebiendo de aquel aire desenfadado entretanto se reía con un par de amigos de la ocurrencia que había tenido o a saber qué.
Al principio no pudo verle bien la cara, puesto que fue un asalto en toda regla. A ella. A esa mosquita muerta que esperaba a que cambiara de color el semáforo, después de haber pasado un día de perros en la empresa de transporte marítimo donde ejercía un “maravilloso” puesto de becaria. Becaria o limpia mierdas, porque se sentía un trapo viejo, e incluso pensaba que si pudieran la despedirían. Sabía que eso no pasaría debido a los lazos sanguíneos que la unían a uno de los directivos, aunque en la oficina eso no se supiera. Ahora bien, las peticiones de cafés constantes, el chica ven aquí y limpia mi escritorio y el mandarle a hacer infinitas fotocopias, le impedían el poder desarrollar todo lo aprendido en la universidad, donde sus calificaciones habían sido extraordinarias, pero no así las amistades ni las noches de juergas casi inexistentes.
¿De verdad era tan mosquita muerta?
Lo peor de todo era que se daba cuenta de ello; no obstante, era incapaz de remediarlo. Su carácter tímido se lo impedía, al igual que le impedía plantar cara a todos esos que se aprovechaban de ella y de su imposibilidad a decir NO. Si hacía memoria no era capaz de recordar algunas caras de la oficina, puesto que siempre iba con la cabeza gacha deseando que llegara un ciclón y se la llevara para siempre. ¡Qué depresión! Tanto era así, que varias veces al día pensaba que si se moría nadie la echaría de menos, o puede que quizá sí, un par de colegas que compartían puesto en otros departamentos y a los cuales veía a la hora del desayuno, tiempo durante el cual les dejaba hablar sin parar entre ellos, añadiendo un “ajá” y un “mmm” de vez en cuando, y no porque no les cayera bien, qué va, todo lo contrario, los consideraba muy buenas personas, pero como siempre su timidez podía con ella costando bastante entrar en su mundo. Además, temía que si se abría demasiado pudieran descubrir su secreto y así hacer temblar su apacible anonimato y eso de ninguna de las maneras podía ocurrir.
Pero aquello, aquello que le había pasado era algo tan nuevo, increíble y ardiente que no era capaz de reponerse.
Habían pasado dos días desde el asalto y ahí estaba ella, echada sobre su cama sin hacer nada, mirando al techo, sus manos cruzadas sobre la barriga, su pelo pelirrojo simulando la lava que avanza a paso cauto pero devorándolo todo, desordenado alrededor y una cara de placer que no podía con ella al recordar aquel beso. Rememoró cómo cuando ocurrió se quedó estática y cómo en un principio tan solo pudo ver la cara de uno de los chicos que acompañaban a ese que le robó el beso más maravilloso de toda su vida. No es que hubiera tenido muchos pero alguno que otro había caído, sobre todo con Ralph, un amigo de la pubertad americano que viajaba todos los veranos a España y durante cuya visita se dedicaban a enrollarse en el garaje de su padre luchando porque el corrector de dientes no se les enredara.
Y justo cuando llegaba al final del recuerdo de lo acontecido con aquel extraño, se recreó en la imagen del ladrón que le robó no sólo “ese beso” sino también su infantil corazón tímido. Ensimismada y puede que un poco novelera, recordó que un segundo antes de que aquel profesional en el amor girara la esquina, pudo apreciar cómo la miró un instante y sintió la forma en que  bebió de ella y de sus labios en la distancia, haciéndole fantasear con que no sólo ella se había quedado impactada por lo que con esa breve incursión en su boca había provocado. 
Y es que aunque se pueda pensar que no interactuó fue todo lo contrario, por increíble que parezca Trudy le correspondió fogosa, aunque no movió ningún otro músculo que no fuera su lengua y el leve palpitar de su centro en llamas despierto a la milésima de segundo (cosa irremediable), puesto que agarraba con fuerza el maletín de cuero contra su pecho haciendo crujir la piel por la fricción de sus dedos, aquel maletín que estaba prácticamente vacío, aquel en el que rodaba la manzana que nunca se comía, al contrario de la que en ese instante (como ya hiciera Eva en el Edén) devoraba como si no hubiera un mañana, aunque de manera sensual y hermosa.
Sí, le correspondió. Al primer contacto. En el primer segundo su boca le permitió el paso, así como si hubiera estado toda la vida esperando por ella. Por esa masculina boca de labios carnosos y un infierno dentro lleno de promesas en donde no cabía la paz, sino el tormento del maravilloso sexo puro y duro. Justo lo que le hacía falta a Trudy para espabilar. Abrió su boca y dejó que su lengua danzara, se enrollara y estallara salivando por aquel gusto a hombre, con los ojos cerrados y entregándolo todo en aquel beso…
Un mohín de enfado se instaló en su cara al terminar la evocación y una pregunta de esperanza se adueñó de su alma, ¿sería verdad aquello que percibió por parte de ese bandolero?…

* * *

Los chicos creyeron que Julio no sería capaz de llevar a cabo la apuesta. 
¿Es que después de tantos años aún no lo conocían? 
O puede que más bien al saber cómo era lo hicieran para divertirse al entender a ciencia cierta que era capaz de eso y mucho más.
La apuesta era sencilla, si se atrevía a besar a cualquier desconocida en la calle le regalarían esa moto que andaba pensando en comprar como autorregalo. Sí, ya, es obvio que no todo el mundo puede llegar a entender esos jueguecitos y el poco valor que le daban a las cosas, pero siendo unos chicos acostumbrados a una vida más que acomodada gracias a la cartera de papá, pues eso…
Sin embargo, Julio, aun habiéndose criado rodeado de lujo, consideraba que debía luchar por mantener su estatus y porque sus arcas no se vieran afectadas o reducidas por la crisis que asolaba el país. Por ello, ocupaba uno de los cargos más altos en la empresa de transporte marítimo que llevaba por nombre TransPacific y ese día aunque debería estar acudiendo a reuniones y arreglando ese problema que tenía en el canal de Suez y su normativa marítima, se había visto embaucado por sus amigos a tomar el día libre y celebrar su treinta aniversario de cumpleaños, uno que comenzaba de lo más ajetreado.
Tan solo había un requisito en la apuesta, o puede que dos, que la chica fuera de esas que aparentaban querer desaparecer y que, además, no fuera muy agraciada, siendo ellos quienes la eligieran sin poder negarse de ningún modo…
La cosa no iba a ser tan sencilla como en un principio le había parecido, y es que besar a una mosquita muerta iba a requerir de un gran esfuerzo, acostumbrado a mujeres de carácter y bellas como modelos sacadas de revista, aunque incluso ellas mismas ocupaban su cama cuando lo deseaba; no obstante, el premio y el poder ver cómo sus amigos tendrían que rascar sus bolsillos merecía el esfuerzo.
De esa manera, echó un vistazo alrededor buscando a la que podría ser su víctima mientras seguía andando hacia una dirección desconocida, puesto que sus amigos al parecer habían organizado alguna que otra sorpresa y conociéndolos sabía que tendría que ver con alcohol y sexo, dando por sentado que de almuerzo nada de nada, al menos no el almuerzo en sí tal como es entendido por cualquier persona, puesto que ellos bien podían pasar sin comida teniendo la boca llena por manjares carnales que no engordan y la bragueta ocupada…
Llegaron a un semáforo y se entretuvieron charlando de esto y aquello, conversaciones sin sustancia, carentes de responsabilidades, perfectas para un día como ese. Y justo en el momento en que la luz naranja comenzó a parpadear, Víctor le dio un codazo y le hizo un gesto con la cabeza señalándole el lugar donde se encontraba la chica con la que tendría que saldar su apuesta.
Julio se quedó mirándola una franja de segundo, tiempo en el cual tan solo pudo distinguir un pelo rojo como el fuego y unas gafas enormes de pasta negras, puesto que Víctor se apresuró a empujarlo sobre la víctima en cuestión sin tener más remedio que buscar a la ligera los labios de esta para poder largarse cuanto antes y gozar del viento que la nueva moto, que casi tenía en sus manos, le provocaría por la velocidad.
Avasalló la boca de la chica; y cuál fue su sorpresa al comprobar que esta le correspondía y hacía mover unos labios que descubrió carnosos y frescos, suaves y ardientes, apasionados y lujuriosos,  y así, sorprendentemente, consiguió que una leve erección hiciera acto de presencia.
Jamás había probado un beso de esos. 
Sí, como buen amante había besado y, mucho no, la verdad es que muchísimo, a bastantes más mujeres de las que cualquier hombre se pudiera imaginar, no en vano llegó el momento en que tuvo que tirar su antiguo móvil y comprar uno nuevo con una memoria mucho más amplia… Pero, aquel beso… Aquel, estaba siendo realmente especial. 
De manera súbita se apartó de la chica, pues esa nueva sensación le provocó por un instante un pánico desconocido para él y, de esa manera, con una sonrisa nerviosa siguió su camino ocultando su estado bajo una desfachatez más propia de su yo normal, riéndose de lo ocurrido con sus amigos pero, sin poder evitar que su corazón palpitara desbocado por esa damisela que le correspondió… o puede que por ese beso. Un beso de esos capaz de dejarle con la boca seca, buscando de nuevo el manantial de agua pura que había descubierto y que nunca antes había probado.
No obstante, no pudo evitar volver la vista hacia su víctima para comprobar que debido a la distancia parecía tener una apariencia poco agraciada, pero que sin embargo a él, por alguna causa difícil de comprender, le parecía bella a rabiar y al mirar un poco más profundo creyó intuir que lo que se escondía tras una apariencia sosa podría convertirse en un banquete de un dulce empalagoso y exquisito, ya que sus labios se lo descubrieron y su cuerpo de ninfa, más sus rasgos diabólicamente sexis se lo ratificaron. 
Una parte de él, mucha a decir verdad, quiso dar la vuelta, olvidarse de sus amigos y la moto y disculparse con ella, para con suerte, al creer firmemente en sus dotes de Casanova, lograr su número de teléfono y una invitación de disculpa para el almuerzo o la cena, donde el postre seguro sería ella. 
¡Oh! Cuánto le gustaría despojarla de esas gafas de pasta negra y descubrir el color de sus ojos y el deseo que esperaba despertar en ella, como así había creído que ocurrió, porque por increíble que le pareciera ella le correspondió y se entregó sin reparo a sus labios… Sin embargo, otra parte aún poderosa le dijo que no quería mostrar el efecto que esta había provocado en él, algo verdaderamente increíble y nuevo, ya que sería el hazmerreír de sus amigos para el resto de sus días, pues no podía olvidar que se supone que estos eligieron a una mosquita muerta no muy agraciada, además de que si esto ocurría podría echar por tierra su trayectoria de rompecorazones sin escrúpulos que se pasa el día apartando a las chicas, siendo casi innecesario trabajar sus dotes amatorias, cosa que a veces le aburría en demasía. Sin embargo, qué sorpresa se llevó al beber de ella y al descubrir su ser. Una que no sería capaz de olvidar tan fácilmente, aunque esto aún no lo sabía. Por lo que dando por terminada su breve travesura de cumpleañero, volvió su cara hacia delante teniendo que ahogar un gruñido por el esfuerzo que esto le causaba y seguir así el día de festejo, guardando para sí el maravilloso resquemor que la piel de su rostro había dejado en las palmas de sus manos y las yemas de sus dedos al atraparlo para besarla...

©Un beso de esos, López de Val.

jueves, 31 de mayo de 2018

De nuevo por aquí... Un beso de esos 2ª edición

Mis queridos corazones románticos,
©López de Val
hace años luz que no publico nada en el blog. Como algunos de vosotros sabéis, al nacer mi segunda hija tuve que dejar mi actividad de escritora de lado, no del todo, menos mal, y es que esta faceta de mi vida me llena tanto que me es bastante difícil despegarme, por lo que decidí dejar de escribir las historias que bullían en mi imaginación para ayudar a compañeros, leer y demás.
Sin embargo, debo confesar que soy una adicta a las letras y aquellos personajes que reclamaban darme a conocer su historia tenían su ratito, de ese modo, entre potito y pañal he ido componiendo el principio de sus vidas, llegando a tener en el fondo de escritorio unas ocho carpetas con el contenido de varias vidas diferentes, ocho novelas a las que le he hecho la promesa de que verán la luz algún día, de que cuando esté más tranquila les prestaré la atención que merecen y las mimaré.
Estoy segura de que esta forma de explicarlo puede resultar infantil, al igual que estoy segura de que mis compañeros de letras, amigos escritores, entenderán perfectamente aquello a lo que me refiero.
Por otra parte, también me he metido en la faena de reeditar mis obras ya publicadas, posiblemente esté equivocada pero quiero darme el gusto de pulirlas. Por supuesto, no hablo de cambiar la historia, ni sus personajes, para nada es mi intención transformarlas, tan solo quiero brindarles aquello que merecen como la humilde autora que soy hoy.
©Portada Un beso de esos

Llegados a este punto quiero centrarme en Un beso de esos, la primera de esas novelas ya publicadas que ya he reeditado, haciéndoos llegar la segunda edición. 
Esta novela la publiqué hace algo más de dos años, cuando decidí sacarla dejé en la recamara algunas escenas, diálogos y conflictos, la verdad es que no sé muy bien porqué... quizá fuera debido al estado hormonal postparto... vete tú a saber. En fin, recuerdo que me había empecinado en sacar una novela corta, mi intención era que no tuviese más de unas 150 páginas y, así, dejé aquello de lado, por este motivo y otros que hasta yo misma desconozco. 
Pasado el tiempo y después de volver a tener todos los derechos sobre ella la releí y decidí incluir aquello que guardé volviéndola a editar como "el corte del autor" con todos sus pelos y señales. Y no sabéis cuán a gusto me he quedado. Trudy y Julio se lo merecían y mis lectores tenían que saberlo todo. Nada de novela mínima, a ver que tampoco es que sea un "tocho", no llega a las 300 páginas, pero para mí ahora sí que sí.
El reeditarla ha sido una odisea llena de conflictos interiores, de quiero y no puedo, de puedo y no quiero; un rebujito de idioteces que no le deseo a nadie. Pero, entonces, un buen día se hizo la luz en algún rincón de mi creatividad y decidí que sí, que lo tenía claro, que esa historia lo requería y tenía que arriesgarme.
Estoy tan contenta, mi mayor ilusión y temor ahora es llegar a vuestros corazones; despertar en vosotros sentimientos profundos, en todas sus facetas; que os riais con mis personajes o de ellos; que lloréis junto a ellos e incluso que le dejéis vuestro hombro para su consuelo; que hagáis de sus vidas la vuestra por un ratito; que elijáis a vuestro favorito; que critiquéis la novela, que la halabéis. Hacedlo vuestro, llevadlo de paseo en el bolso, salpicadlo de arena, mojadlo de lágrimas o del refresco que acompañe el calor de vuestro verano. Vividlo, solo eso.
Espero, de verdad de la buena, que aquellos que lo tengáis lo disfrutéis de corazón.
Un beso enorme,
López de Val

jueves, 22 de septiembre de 2016

Sensualízate: Una nueva ilusión, 4ª parte.



SENSUALÍZATE: UNA NUEVA ILUSIÓN, 4ª PARTE.

…“Al rodearme con sus brazos me hizo sentir diminuta, frágil, expuesta a sus necesidades, entonces me di cuenta de que podía hacer conmigo lo que quisiera que yo, obnubilada, me dejaría llevar. Algo extraordinario ocurría entre nosotros. Una fuerza sobrenatural nos guiaba alejándonos de la línea de retorno.
Sí. Aquello estaba muy mal, pero llegados a ese punto no había marcha atrás, ni tan siquiera existía el recuerdo del evidente error que iba a cometer. 
El ambiente se había convertido en algo mágico. Allí sólo había dos cuerpos con sus dos almas. Un hombre y una mujer que ardían de pasión. No tenía ni idea de qué cosas se le podían pasar a él por la cabeza ante una situación así, de lo que sí estaba segura era de que su deseo era tan grande como el mío, se evidenciaba sobre todo en la erección tan imponente que sentía sobre mi vientre. Y aquello, para mi placentera desgracia, me enardecía aún más si cabía.
Mientras lo besaba ahuyenté con mis manos de manera imaginaria esos pensamientos negativos que me repetían sin cesar que era más joven que yo. ¿Y qué más daba? Para mí en ese instante, me repetí una vez más, en esa habitación sólo había un hombre, una mujer y unas necesidades que satisfacer. Aquello me hizo sentir mucho mejor, más ligera, fue como quitarme una tonelada de escombro apestoso de encima, consiguiendo así una desinhibición completa.
Rodeé su cuello con mis manos para luego bajar mis brazos por su dorso y comprobar así que, efectivamente, el ancho de su espalda no me permitía entrelazar los dedos de mis manos, un extremo de mis labios se curvó hacia arriba en un gesto de suficiencia por haber acertado con la talla, así como, por lo general, los hombres se enorgullecen al comprobar que no han errado en la talla del sujetador. Por su parte el chico, del que aún no sabía el nombre, no se durmió en los laureles y también comenzó a surcar el camino que le haría descubrir las zonas más necesitadas por su contacto de mi cuerpo. De ese modo, sentí el tacto delicado de sus manos sobre mis hombros al tiempo que el vello de toda la superficie de mi piel se erizaba de una manera casi eléctrica. Luego siguió un recorrido en donde la prisa estaba ausente por completo. Se tomó su tiempo en cada una de las acciones que precedían al acto sexual. Bajó sus manos hasta llegar a mi cintura y jugueteó sobre ella dibujando garabatos que abrasaban sobre mi dermis de una manera antes impensable para mí, y de la misma forma insana, para mi pobre corazón, que había llegado hasta allí coló una de sus manos bajo el tejido de mi camiseta ascendiendo: primero, por mi barriga, lo que hizo que un hormigueo extraño naciera en mi estómago; y segundo, por mis costillas provocando una humedad casi instantánea en los pliegues de mi centro que hervía en llamas. Por aquel sendero de perdición llegó hasta el aro de mi sujetador que de manera magistral sorteó con ambas manos. Casi no noté el movimiento con el que me desabrochó el sostén quedando holgado frente a mis pechos. Un jadeo de deseo brotó del centro de mi ser. Me estaba volviendo loca. Sentí como si no tuviese un puerto seguro donde anclar. Iba a la deriva como una colchoneta de aire que es arrastrada por la marea y el fuerte viento. Me di cuenta de cuán malo era aquello para mí, aquel chico tenía demasiado poder sobre mí. ¿Cómo podía ser así? ¿Cómo una mujer de mi edad, con mis vivencias, podía estar allí dándole igual todo? 
Y así era, a pesar de todas esas preguntas yo seguía allí esperando el siguiente paso que me acercaría más a las puertas del infierno.
Entre sus acciones y mis sensaciones, mi cuerpo correspondía de manera automática. Mis manos vagaban felices y fervorosas por su cuerpo. Quería conocer todo de él rápido, tenía la necesidad de memorizar cada arruga, cada poro, cada surco de su cuerpo. En mí surgió una urgencia que me hizo ser torpe y desordenada. 
A pesar de lo que se pueda imaginar, nuestros ojos estaban clavados el uno en el otro, bebimos de nuestros deseos a través de nuestras miradas. 
Después de sacar su camisa por la cabeza sin siquiera desabrochar los botones, contemplé su torso con mis dedos. Paseé mis yemas por cada una de sus montañas, llanuras y hondonadas y fui haciendo un dibujo de su cuerpo en mi mente entretanto no apartaba mis pupilas de la profundidad de las suyas. Fui testigo de la complejidad con el que el grisáceo de su iris se iba transmutando en un tono al que no supe poner nombre. De tarde en tarde dimos buena cuenta del sabor de nuestros besos, pero lo que de verdad nos hacía sentir eran las palabras mudas de deseo que brotaban de la expresión de nuestras miradas. El blanco de sus ojos para mí era el cielo, ese color indescriptible de su iris era mi puerto seguro y el negro azabache de sus pupilas era donde se encontraba el libro donde surgían las palabras que daban vida a nuestra pequeña historia. 




Entonces lo supe. En realidad me di cuenta en el mismo momento en que lo intuí entre los metros de tela vaporosa que lo rodeaban al fondo del salón, tenía la sensación de que algo que había ocurrido hacia un par de horas había pasado a ser algo lejano, como si hubiesen pasado meses e incluso años. Al rebuscar en la profundidad de sus pupilas tuve la sensación de reconocer a ese hombre como mío. Fue como reencontrarme con mi alma gemela y para más desconcierto descubrí que aquel chico estaba sintiendo lo mismo, me lo dijo la forma tierna en que habían cesado sus caricias para sujetar mi rostro entre sus manos y en la manera en que su entrecejo se arrugaba algo turbado por la intensidad del descubrimiento.
Lo supe. Lo supe en el mismo instante en que entró en la habitación, aun creyendo que era el camarero. Lo supe cuando se hizo el interesado al querer ayudarme a ordenar mi maleta y cuando sus manos me rozaron por primera vez.
Era suya. Para siempre. Al igual que él era mío.
Nos pertenecíamos. Pero no de una manera obsesiva y posesiva. Nos pertenecíamos porque en aquel instante nuestras almas estaban completas. Porque antes sólo éramos unos cuerpos construidos con mitades. Medio corazón y media alma que erraban por el mundo en busca de algo que nunca llegaba. Por eso nunca había sido del todo feliz. Por ello mi necesidad de correr a buscar algo que ni siquiera sabía qué era. Sin embargo, ahora estaba llena, completa en su mirada, en sus caricias, en su jadeo, en su cuerpo. Al igual que él. De eso estaba más que segura. No había ni una pizca de duda en esa certeza. 
En una fracción de segundo recordé que hacía algún tiempo había leído sobre el tema. Se trataba de las creencias de una tribu tailandesa, en la que se pensaba que el alma de una persona sólo era la mitad de otra y que hasta que no se encontraban no podían ser del todo felices. Quizá pasara toda una vida y llegara la muerte sin encontrar esa mitad; quizá tu mitad aún no había nacido; o puede que ya estuviera muerta esperando a reencarnarse en alguien que le permitiera seguir buscando la otra parte que la completara. Me gustó aquella idea, en su momento me pareció algo romántico, mágico, pero irreal. Sin embargo, estando en los brazos de aquel chico comprendí que era verdad y que gracias al cielo yo había tenido la oportunidad de encontrar mi mitad, aunque fuese más joven, aunque la diferencia de edad fuese considerable, yo tenía a mi mitad, de una certeza tan rotunda como que existía la noche y el día.
Paseé mi dedo índice por el puente de su nariz y marqué la forma de sus cejas reconociendo sus facciones. Me deshice en la carne de sus labios y en su mentón marcado. Lo estreché entre mis brazos. Para mi desconcierto quise reír y llorar, aunque no llevé a cabo ninguna de las dos cosas. Estaba segura de que una vez terminara todo, con lágrimas en los ojos me reiría arrepentida. Uno por lo sentido, otro por lo vivido y, por último, por lo imaginado. Estaba completamente loca. Nadie en su sano juicio sería capaz  de hacer lo que yo, al igual que nadie sería capaz de creer o entender los sentimientos y la certeza con que mi corazón estaba sintiendo. Era un sinsentido. Y sin embargo, para mí uno maravilloso.
El resto de las acciones transcurrieron en una especie de comunión entre el cuerpo físico y el inmaterial. Nos amamos de una manera íntima. De tal forma que si hubiese habido alguien vigilando habría decidido irse dejándonos en completa intimidad. Por que aquello era demasiado profundo. Lo que en un principio se presentó como el más puro acto sexual se transformó en algo inexplicable. Hermoso, como cuando el bosque invernal se llena de colorido. Bello, como el sonido sorprendente del nacimiento de un manantial. Único, como el desconocido fondo del mar. Y amplio, como el infinito.
Enredamos nuestro sudor. Tatuamos nuestra saliva en nuestra piel. Dejamos el olor de nuestras caricias en zonas antes, aparentemente, inexistentes para el acto sexual. Y nos hicimos uno. 
Tras ponerme sobre la mesa, entró dentro de mí de la misma forma en que yo invadí su mente con mis gemidos; de manera atropellada, como “el dedo de Dios” toca tierra devorando todo a su paso. No hacían falta palabras de aliento para enardecer al contrario. No hubo letras que llenaran el espacio silencioso a nuestro alrededor. No necesitamos acudir a sílabas para que no decayera la intensidad de la pasión. Nuestros gemidos eran ininteligibles, una forma de expresión producto del intercambio de placer que llevábamos a cabo de forma caótica a pesar de la tranquilidad con que entraba en mi interior.
No quería que terminara, me negaba a dejarme ir por completo, pues eso sería el final de nuestro reencuentro, con el que se esfumaría la magia. Si bien, su buen hacer me estaba acercando al límite de mi resistencia. Oleadas de mensajes eléctricos comenzaron a llegar a mi cerebro derribando todo a su paso. De ese modo, tras observar la mueca de placer que mostraba su rostro varonil, me dejé ir junto con él en un orgasmo que llegó galopando invadiendo todo mi ser, obligándome a arquear mi espalda sobre la mesa de aquella salita testigo de tantas emociones desatadas en cuestión de minutos.
Allí quedé con aquel hombre derramado sobre mí, el cual continuó depositando pequeños besos en mi cabello y rostro sin un patrón justificado. Lo mismo me besaba en los párpados que de igual manera lo hacía en el nacimiento de mi cabello, que en la barbilla o en la comisura de mis labios. Me sentí adorada. Nada de lo que había pensado en un principio había ocurrido, no me sentí ni sucia ni arrepentida. No obstante, aquello ya había terminado y debíamos escribir la palabra fin a algo que en realidad no debía de haber ocurrido, pues su edad y mi criterio así lo ordenaban.
Por ello, sujeté su cara entre mis manos y alineé sus ojos con los míos.
–¿Así, sin más? – Preguntó con una mueca donde entre la relajación con que hablaba se podía ver cierta alarma.
Asentí a duras penas…”

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