jueves, 22 de septiembre de 2016

Sensualízate: Una nueva ilusión, 4ª parte.



SENSUALÍZATE: UNA NUEVA ILUSIÓN, 4ª PARTE.

…“Al rodearme con sus brazos me hizo sentir diminuta, frágil, expuesta a sus necesidades, entonces me di cuenta de que podía hacer conmigo lo que quisiera que yo, obnubilada, me dejaría llevar. Algo extraordinario ocurría entre nosotros. Una fuerza sobrenatural nos guiaba alejándonos de la línea de retorno.
Sí. Aquello estaba muy mal, pero llegados a ese punto no había marcha atrás, ni tan siquiera existía el recuerdo del evidente error que iba a cometer. 
El ambiente se había convertido en algo mágico. Allí sólo había dos cuerpos con sus dos almas. Un hombre y una mujer que ardían de pasión. No tenía ni idea de qué cosas se le podían pasar a él por la cabeza ante una situación así, de lo que sí estaba segura era de que su deseo era tan grande como el mío, se evidenciaba sobre todo en la erección tan imponente que sentía sobre mi vientre. Y aquello, para mi placentera desgracia, me enardecía aún más si cabía.
Mientras lo besaba ahuyenté con mis manos de manera imaginaria esos pensamientos negativos que me repetían sin cesar que era más joven que yo. ¿Y qué más daba? Para mí en ese instante, me repetí una vez más, en esa habitación sólo había un hombre, una mujer y unas necesidades que satisfacer. Aquello me hizo sentir mucho mejor, más ligera, fue como quitarme una tonelada de escombro apestoso de encima, consiguiendo así una desinhibición completa.
Rodeé su cuello con mis manos para luego bajar mis brazos por su dorso y comprobar así que, efectivamente, el ancho de su espalda no me permitía entrelazar los dedos de mis manos, un extremo de mis labios se curvó hacia arriba en un gesto de suficiencia por haber acertado con la talla, así como, por lo general, los hombres se enorgullecen al comprobar que no han errado en la talla del sujetador. Por su parte el chico, del que aún no sabía el nombre, no se durmió en los laureles y también comenzó a surcar el camino que le haría descubrir las zonas más necesitadas por su contacto de mi cuerpo. De ese modo, sentí el tacto delicado de sus manos sobre mis hombros al tiempo que el vello de toda la superficie de mi piel se erizaba de una manera casi eléctrica. Luego siguió un recorrido en donde la prisa estaba ausente por completo. Se tomó su tiempo en cada una de las acciones que precedían al acto sexual. Bajó sus manos hasta llegar a mi cintura y jugueteó sobre ella dibujando garabatos que abrasaban sobre mi dermis de una manera antes impensable para mí, y de la misma forma insana, para mi pobre corazón, que había llegado hasta allí coló una de sus manos bajo el tejido de mi camiseta ascendiendo: primero, por mi barriga, lo que hizo que un hormigueo extraño naciera en mi estómago; y segundo, por mis costillas provocando una humedad casi instantánea en los pliegues de mi centro que hervía en llamas. Por aquel sendero de perdición llegó hasta el aro de mi sujetador que de manera magistral sorteó con ambas manos. Casi no noté el movimiento con el que me desabrochó el sostén quedando holgado frente a mis pechos. Un jadeo de deseo brotó del centro de mi ser. Me estaba volviendo loca. Sentí como si no tuviese un puerto seguro donde anclar. Iba a la deriva como una colchoneta de aire que es arrastrada por la marea y el fuerte viento. Me di cuenta de cuán malo era aquello para mí, aquel chico tenía demasiado poder sobre mí. ¿Cómo podía ser así? ¿Cómo una mujer de mi edad, con mis vivencias, podía estar allí dándole igual todo? 
Y así era, a pesar de todas esas preguntas yo seguía allí esperando el siguiente paso que me acercaría más a las puertas del infierno.
Entre sus acciones y mis sensaciones, mi cuerpo correspondía de manera automática. Mis manos vagaban felices y fervorosas por su cuerpo. Quería conocer todo de él rápido, tenía la necesidad de memorizar cada arruga, cada poro, cada surco de su cuerpo. En mí surgió una urgencia que me hizo ser torpe y desordenada. 
A pesar de lo que se pueda imaginar, nuestros ojos estaban clavados el uno en el otro, bebimos de nuestros deseos a través de nuestras miradas. 
Después de sacar su camisa por la cabeza sin siquiera desabrochar los botones, contemplé su torso con mis dedos. Paseé mis yemas por cada una de sus montañas, llanuras y hondonadas y fui haciendo un dibujo de su cuerpo en mi mente entretanto no apartaba mis pupilas de la profundidad de las suyas. Fui testigo de la complejidad con el que el grisáceo de su iris se iba transmutando en un tono al que no supe poner nombre. De tarde en tarde dimos buena cuenta del sabor de nuestros besos, pero lo que de verdad nos hacía sentir eran las palabras mudas de deseo que brotaban de la expresión de nuestras miradas. El blanco de sus ojos para mí era el cielo, ese color indescriptible de su iris era mi puerto seguro y el negro azabache de sus pupilas era donde se encontraba el libro donde surgían las palabras que daban vida a nuestra pequeña historia. 




Entonces lo supe. En realidad me di cuenta en el mismo momento en que lo intuí entre los metros de tela vaporosa que lo rodeaban al fondo del salón, tenía la sensación de que algo que había ocurrido hacia un par de horas había pasado a ser algo lejano, como si hubiesen pasado meses e incluso años. Al rebuscar en la profundidad de sus pupilas tuve la sensación de reconocer a ese hombre como mío. Fue como reencontrarme con mi alma gemela y para más desconcierto descubrí que aquel chico estaba sintiendo lo mismo, me lo dijo la forma tierna en que habían cesado sus caricias para sujetar mi rostro entre sus manos y en la manera en que su entrecejo se arrugaba algo turbado por la intensidad del descubrimiento.
Lo supe. Lo supe en el mismo instante en que entró en la habitación, aun creyendo que era el camarero. Lo supe cuando se hizo el interesado al querer ayudarme a ordenar mi maleta y cuando sus manos me rozaron por primera vez.
Era suya. Para siempre. Al igual que él era mío.
Nos pertenecíamos. Pero no de una manera obsesiva y posesiva. Nos pertenecíamos porque en aquel instante nuestras almas estaban completas. Porque antes sólo éramos unos cuerpos construidos con mitades. Medio corazón y media alma que erraban por el mundo en busca de algo que nunca llegaba. Por eso nunca había sido del todo feliz. Por ello mi necesidad de correr a buscar algo que ni siquiera sabía qué era. Sin embargo, ahora estaba llena, completa en su mirada, en sus caricias, en su jadeo, en su cuerpo. Al igual que él. De eso estaba más que segura. No había ni una pizca de duda en esa certeza. 
En una fracción de segundo recordé que hacía algún tiempo había leído sobre el tema. Se trataba de las creencias de una tribu tailandesa, en la que se pensaba que el alma de una persona sólo era la mitad de otra y que hasta que no se encontraban no podían ser del todo felices. Quizá pasara toda una vida y llegara la muerte sin encontrar esa mitad; quizá tu mitad aún no había nacido; o puede que ya estuviera muerta esperando a reencarnarse en alguien que le permitiera seguir buscando la otra parte que la completara. Me gustó aquella idea, en su momento me pareció algo romántico, mágico, pero irreal. Sin embargo, estando en los brazos de aquel chico comprendí que era verdad y que gracias al cielo yo había tenido la oportunidad de encontrar mi mitad, aunque fuese más joven, aunque la diferencia de edad fuese considerable, yo tenía a mi mitad, de una certeza tan rotunda como que existía la noche y el día.
Paseé mi dedo índice por el puente de su nariz y marqué la forma de sus cejas reconociendo sus facciones. Me deshice en la carne de sus labios y en su mentón marcado. Lo estreché entre mis brazos. Para mi desconcierto quise reír y llorar, aunque no llevé a cabo ninguna de las dos cosas. Estaba segura de que una vez terminara todo, con lágrimas en los ojos me reiría arrepentida. Uno por lo sentido, otro por lo vivido y, por último, por lo imaginado. Estaba completamente loca. Nadie en su sano juicio sería capaz  de hacer lo que yo, al igual que nadie sería capaz de creer o entender los sentimientos y la certeza con que mi corazón estaba sintiendo. Era un sinsentido. Y sin embargo, para mí uno maravilloso.
El resto de las acciones transcurrieron en una especie de comunión entre el cuerpo físico y el inmaterial. Nos amamos de una manera íntima. De tal forma que si hubiese habido alguien vigilando habría decidido irse dejándonos en completa intimidad. Por que aquello era demasiado profundo. Lo que en un principio se presentó como el más puro acto sexual se transformó en algo inexplicable. Hermoso, como cuando el bosque invernal se llena de colorido. Bello, como el sonido sorprendente del nacimiento de un manantial. Único, como el desconocido fondo del mar. Y amplio, como el infinito.
Enredamos nuestro sudor. Tatuamos nuestra saliva en nuestra piel. Dejamos el olor de nuestras caricias en zonas antes, aparentemente, inexistentes para el acto sexual. Y nos hicimos uno. 
Tras ponerme sobre la mesa, entró dentro de mí de la misma forma en que yo invadí su mente con mis gemidos; de manera atropellada, como “el dedo de Dios” toca tierra devorando todo a su paso. No hacían falta palabras de aliento para enardecer al contrario. No hubo letras que llenaran el espacio silencioso a nuestro alrededor. No necesitamos acudir a sílabas para que no decayera la intensidad de la pasión. Nuestros gemidos eran ininteligibles, una forma de expresión producto del intercambio de placer que llevábamos a cabo de forma caótica a pesar de la tranquilidad con que entraba en mi interior.
No quería que terminara, me negaba a dejarme ir por completo, pues eso sería el final de nuestro reencuentro, con el que se esfumaría la magia. Si bien, su buen hacer me estaba acercando al límite de mi resistencia. Oleadas de mensajes eléctricos comenzaron a llegar a mi cerebro derribando todo a su paso. De ese modo, tras observar la mueca de placer que mostraba su rostro varonil, me dejé ir junto con él en un orgasmo que llegó galopando invadiendo todo mi ser, obligándome a arquear mi espalda sobre la mesa de aquella salita testigo de tantas emociones desatadas en cuestión de minutos.
Allí quedé con aquel hombre derramado sobre mí, el cual continuó depositando pequeños besos en mi cabello y rostro sin un patrón justificado. Lo mismo me besaba en los párpados que de igual manera lo hacía en el nacimiento de mi cabello, que en la barbilla o en la comisura de mis labios. Me sentí adorada. Nada de lo que había pensado en un principio había ocurrido, no me sentí ni sucia ni arrepentida. No obstante, aquello ya había terminado y debíamos escribir la palabra fin a algo que en realidad no debía de haber ocurrido, pues su edad y mi criterio así lo ordenaban.
Por ello, sujeté su cara entre mis manos y alineé sus ojos con los míos.
–¿Así, sin más? – Preguntó con una mueca donde entre la relajación con que hablaba se podía ver cierta alarma.
Asentí a duras penas…”

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miércoles, 27 de julio de 2016

Time for a... Break

¡¡¡Hola chi@s!!!

Hace unos meses me vi en la obligación de alejarme un poco de las redes sociales. Luego, ese poco, tuve que ir convirtiéndolo en algo más, hasta el punto de no poder publicar ni la décima parte de lo que me gustaría, cosa que me entristece, sobre todo porque además de usar las redes sociales como algo que me ayuda a desconectar y demás, también las uso como un método de trabajo, ya sabéis, para dar a conocer mis obras y sus actualizaciones.
Pues bien, aunque como digo, en un principio esto me suponía un gran desaliento, hoy por hoy me está ayudando a darme cuenta de quién está y quién no y de cuál es la medida verdadera en la que me tengo que sacrificar para publicar algo, pues quien está a mi lado me quiere tal y como soy y entiende mi forma de llevar las cosas porque conoce mi situación a través de mis posteos.
Me gusta estar presente, me encantaría que no os olvidarais de mí, pero me es casi imposible publicar algo a diario. Con esto quiero pedir disculpas a los que estáis a mi lado de verdad. Esos que poco a poco han ido conociendo a Eugenia Torres y por contra punto a López de Val. Os adoro. Y como os adoro tanto, no puedo engañaros prometiendo cosas que no van a suceder. Lo he intentado y no puedo, y el pensar en que pasa un día y otro y no avanzo me está matando.
Con esto quiero pediros paciencia, que me dejéis a mi ritmo, uno lento. Os prometo estar, como lo hago ahora, publicar cuando pueda y eso. Por supuesto, Sensualízate sigue adelante, es un proyecto que me encanta.
Claro está que diréis, pero ¿qué dice esta?, si nosotros no le decimos "ná de ná". Y yo os digo que así es, que esta publicación es más para desahogarme yo y para dejaros saber dónde están mis limitaciones hoy por hoy, que volveré al ritmo de antes en cuanto tenga la menor ocasión. Tengo varios proyectos empezados y todos me maravillan, estoy deseando meterles mano, pero por ahora deben seguir como diría mi amiga María Vega, guardados en mi cajón desastre.
Repito, seguiré por aquí, del mismo modo que lo hago últimamente.
Gracias por incluirme en vuestras vidas. Besitos

domingo, 24 de julio de 2016

Sensualízate: Una nueva ilusión 3ª parte



SENSUALÍZATE: UNA NUEVA ILUSIÓN 3ª PARTE

…–Ay querida, le he pedido a Ambrosio que sirviera otra ronda de aperitivos. Por Dios, cada vez que lo miro con tan poco trapo cubriendo su cuerpo me enciendo como una cerilla. No te puedes imaginar el esfuerzo que estoy haciendo para evitar arrastrarlo hasta mi dormitorio. Lucía. Eh, Lucía. ¿Me vas a hacer caso de una vez? –me zarandeó un poco el brazo para llamar mi atención–, ¡¿qué te pasa?! ¿Qué estás mirando?
No fue hasta el momento en que Carmen me hizo aquella pregunta en que me percaté, por un lado, del dolor que yo misma me estaba provocando al morderme el labio; y por otro, de que el joven al que me estaba comiendo con la vista ya no se encontraba allí y que en su lugar había un hombre bastante mayor, vestido con un mono de trabajo de color marrón, portando entre sus manos un sombrero de paja bastante roído. Su cuerpo mostraba el paso de los años, se intuía sobre todo por la curvatura de la espalda, la cual hacía que el anciano se inclinara hacia delante simulando una postura sumisa. Allí estaba, esperando algo o a alguien mientras giraba el sombrero entre sus manos repasando con ellas todo su filo.
–Querida… –murmuró perpleja de forma alarmada. Al mismo tiempo acercó su silla a mí para buscar un poco más de intimidad en tanto hablaba entre cuchicheos fingiendo una sonrisa relajada de cara al público. Desde luego quien observara su rictus no imaginaría lo que realmente estábamos hablando, al contrario, seguro que pensaría que hablaríamos de cosas insustanciales– ¡Esto es lo que me quedaba por ver! ¡¿No me digas que ahora te van los viejos?! 
–¡¿Pero tú estás chalada?! –Sonreí, imitando casi a la perfección a la anfitriona cuando se acercó una chica para dejar sobre la mesa lo que venía siendo una vagina enlatada– ¿De qué me hablas?
–Cielo, conmigo no hace falta que disimules –continuó hablando mientras me pasaba poco a poco los artículos que había sobre la mesa para que yo los guardara en la maleta–. Es imposible ignorar cómo mirabas a mi jardinero con ojitos lividinosos.
–¡¿Yo?! –Exclamé más alto de lo adecuado, tanto así que llamé la atención de las tres filas de delante, por lo que tuve que sonreír de nuevo de forma natural. Al final me iba a convertir en una experta en mostrar una cosa y pensar o hacer otra– ¡Quita, quita! –Retomé la conversación entre susurros– ¡Tú no estás bien de la cabeza!
–Que no ¿no? Mira, guapita –paró lo que estaba haciendo de golpe e hizo que la mirara–, puedes negar muchas cosas, pero no lo que veo con mis propios ojos. A mí me es, totalmente, indiferente si te gusta un hombre entrado en años, ese es tu problema. Pero, cariño, que a ese de un chochazo te lo cargas –me advirtió.
No pude parar la explosión de carcajadas que se acumularon al instante en mi boca. Imposible. Carmen era imposible, una montaña rusa de emociones y de caras diferentes. Lo mismo se presentaba como la más glamurosa del evento que de repente se convertía en la más choni del lugar. Eso sí, siempre bajo un porte sosegado y contenido, aun cuando clamaba al infierno. 
–La verdad es que no pretendo meterle un chochazo a nadie –“excepto al tío bueno que me ha puesto el estómago en pie”, pensé para mí, recriminándome al instante el desliz.
–Sí, sí –volvió a pasarme los artículos–. Si quieres hacemos como que lo que he visto no ha ocurrido, pero acepta un consejo: háztelo mirar, cielo, porque lo tuyo raya la demencia.
–¿La demencia? –Pregunté mientras metía las cosas a destajo e intentaba recordar cómo estaba colocado todo en un sitio tan minúsculo antes de sacarlo.
–Sí, la falta de sexo te está volviendo loca. Si no de qué ibas a estar haciéndole ojitos a mi anciano jardinero.
–Te repito que yo no estaba echándole los tejos a tu jardinero. Y, a todo esto –la miré entrecerrando los párpados-, deberías de renovar a tus empleados, a ese hombre te lo encuentras un día tieso entre las azaleas.
–No, cariño. Marcelino era el hombre de mantenimiento de mis padres –con un movimiento de sus manos me animó a seguir con lo mío–. Lleva toda la vida con la familia. Cuando a mis padres se les fue la cabeza y decidieron ir a pasar su vejez viviendo en un barco, lo animaron a que se jubilara, a parte le proporcionaron un salario de por vida, pero el pobre viejo decía que no sabía qué hacer ni con tanto dinero ni con tanto tiempo libre, que él no pintaba nada en una casa solo, por lo que le propuse venir a vivir aquí. De ese modo, adecuamos unas habitaciones que teníamos encima del garaje y lo convertimos en un pequeño apartamento, todo ello con la condición de que no haría grandes esfuerzos y que su labor sería la de una especie de encargado del joven jardinero que me cuida mi jardín, en todos los sentidos, jajajajajaja –rió con malicia por la doble intención de su comentario–. En fin, que lo que hace durante todo el día es dar paseos recortando ramitas aquí y allá con sus pequeñas tijeras.
–Vaya, pues me has dejado muda. Es muy bonita la labor que hacéis por él. Tiene pinta de buena persona.
–Lo es. La verdad es que le tengo mucho aprecio. Para mí no es un empleado más. Para mí es familia. Pero, no me cambies de tema que eres muy astuta. Deja a Marcelino tranquilo –me advirtió severa.
–Te repito que ni por asomo pretendo nada con ese abuelito. Sólo me había quedado un poco en Babia, nada más.
–Como quieras, querida. Me haré la sueca ¿vale?
–Vale. Y ahora calla que voy a comenzar con el turno de pedidos. Deséame suerte.
Para mi sorpresa el número de encargos fue mayor de lo que había soñado. Jamás habría pensado que el mercado de productos sexuales estaría tan en alza. En la calculadora los euros nada más que hacían aumentar y aumentar, ahí fue cuando realmente me di cuenta de cuánto me necesitaban aquellas mujeres, pues mientras me hacían sus encargos en la privacidad de una salita que Carmen había habilitado para ello, y así las chicas pudieran entrar de una en una y realizar sus compras sin ningún tipo de presión por parte de las demás, me contaban ciertos aspectos de sus vidas íntimas. Unas, compraban alguna cosilla para dar una nueva perspectiva a la intimidad de su dormitorio; algunas, buscaban un desahogo con el que poder suplir la apatía o ausencia de sus maridos; y otras, veían en aquellos productos unos juguetes imprescindibles para avivar una sexualidad que se encontraba llevada por la inercia y en la que se repetían las mismas cosas una y otra vez. De ese modo, esposas, genitales de goma, vibradores, dilatadores, lubricantes, aceites para masajes etc., iban completando las hojas de pedidos con tal vertiginosidad que temí con quedarme sin ninguna. La realidad es que tuve que fingir que no me impresionaban  algunas de sus compras e historias; a ver, cierto era que a mi edad pocas cosas me podían ya sorprender, ya que yo también había vivido mis escarceos, como por ejemplo en club nocturnos exclusivos… Sí, yo, Lucía, la que unas horas atrás no era capaz de hacer una presentación de tuppersex, pero eso era parte de un pasado ya remoto que no debía volver. En fin, a pesar de mi experiencia de vida, la realidad era que algunas historias y encargos me sorprendían, sobre todo por el aspecto de señoras estiradas o de ángeles celestiales que visitaban la salita.
Después de casi una hora y media de sumas, restas, direcciones y tarjetas de crédito, por fin pude empezar a recoger. Traté de dejar todo lo más ordenado posible para que nada se me escapara y dar buena sensación a mis jefes cuando les enviara los formularios, incluso me tomé la licencia de proponer nuevas integraciones, como diapositivas con contenido sexual explicativo de algunos productos que a mi parecer lo necesitaban, en las que su contenido visual no fuera pornográfico si no algo inofensivo usando como herramienta principal el humor. Esperaba que, al menos, consideraran mi visión. 
Estando enfrascada en mis asuntos laborales, un perfume de hombre muy apetitoso invadió la estancia, al instante supuse que se trataba del camarero que había contratado la dueña de la casa.
–Ambrosio –rogué sin levantar la vista de los papeles que intentaba meter, en vano, en el bolsillo interior de mi maleta–, ¡joder, esto es imposible! –Exclamé ante mi torpeza–¿Puedes decir a Carmen que ya he terminado y que necesito su ayuda?
Continué buscando un lugar para guardar los impresos.
–Yo puedo echarte una mano.
–Por favor –supliqué sin apartar mis ojos de la maleta, completamente inmersa en la imposibilidad de guardarlo todo sin estropearlo–, si crees que puedes desentrañar este puzzle… –saqué un par de objetos– te lo agradeceré por la eternidad –los volví a meter y sacar dando por imposible mi cometido–. Haré lo que me pidas –prometí desesperada  apartando más y más objetos mientras algunas gotas de sudor comenzaban a perlar mi frente.
Dos pasos más tarde ya estaba a mi lado. Su perfume se hizo más palpable, aún así no era de esos aromas dulzones e intensos que te marean y dan ganas de vomitar. Su olor era muy agradable, cosa que zarandeó algo en desuso dentro de mí. Aquello se estaba convirtiendo en una situación extraña, pues esas sensaciones aumentaban con el paso de las milésimas de segundos y no encontraba explicación a por qué en ese momento, puesto que todo ocurría a pesar de haber ignorado durante todo el día que el camarero se había paseado, completamente, desnudo frente a mí en tanto que yo daba publicidad a pichas de goma y demás, y en aquel momento lo tenía al lado, completamente, vestido. Al menos la parte que me permitía mirar de reojo, ya que me obligué a mantener los ojos fijos en la maleta para que mi dulce incomodidad quedara en el anonimato.  
–Vamos a ver. ¿Qué tenemos por aquí?
Decidido me quitó los papeles de las manos y los dejó a un lado de la mesa. Luego, arrastró la maleta hasta dejarla frente a sí, momento en el que por instinto alcé la mirada  hacia su rostro. ¡Oh Dios Todopoderoso! En mi rostro se aposentó un signo de interrogación imperativo, uno que evidenciaba una sorpresa descomunal, puesto que el camarero no era tal. Ambrosio no era Ambrosio. Es decir, que yo creía que sí, pero no. No. ¡No!… El hombre que metía y sacaba objetos sexuales e intentaba colocar los papeles en un lugar seguro, no era otro que el dueño de la evocación masculina que oteé entre las cortinas del salón. Ese ángel tentador que hizo que mis bragas se humedecieran tan solo con su lejana presencia.
Allí me lo encontré, con un gesto de concentración en su cara, con sus manos intentando adecuar el espacio en el interior de la maleta y una sonrisa traviesa maravillosa que enseñaba sus perfectísimos dientes marfileños. Allí lo admiré, como hice cuando ojeé su cuerpo tras las cortinas del salón. Aquel chico, más joven que yo, el pecado que todo ser quisiera cometer. 
Tragué varias veces saliva por temor a que mis babas comenzaran a marcar un camino descendente hacia mi barbilla y tras carraspear unas tropecientas mil veces, debido al nerviosismo que se acomodó en mi cuerpo, ¡a todo mi cuerpo!, volví en mí y, muy a mi pesar, bajé de nuevo la vista hacia los papeles que ya empezaban a dar señales de muy mala vida, cosa que me puso muy nerviosa y logró sacarme casi por completo de mi aturdimiento, poniendo en su lugar una gran preocupación por la supervivencia de los documentos.
–Perdona –dije procurando modular mi voz hasta hacerla sonar casi normal–. Te he confundido con el camarero.
Tuve que concentrarme en cada uno de mis gestos y movimientos para parecer un ser humano normal y corriente, y no una especie de adolescente entrada en años que de seguro estaría confundiendo el deseo con una chochera prematura. De ese talante, apoyé ambas manos sobre la mesa y me concentré en la maleta, simulando estar súper interesada en cómo estaba resolviendo el puzzle para poder guardar todo en su interior sano y salvo, con su colaboración y mi ayuda. No obstante, para decir verdad, supe que todo mi esfuerzo era inútil, jamás llegaría a la altura de Carmen en cuanto a camuflar mis sentimientos, pues era obvio que el muchacho se estaba dando bastante cuenta de mi estado. Me lo decían sus gestos pícaros al remover las cosas de la maleta, me lo decía el brillo travieso de sus ojos y su porte sexy reclamando el despertar de mis hormonas, la piel morena que me dejaba intuir el golpe fuerte de su sangre en la vena de su cuello, el leve arqueo que hizo una de sus cejas al escucharme carraspear nerviosa, la gota de sudor que escapaba del nacimiento del cabello en su nuca y se perdía por el bajante de su espalda.
–No te preocupes –se acentuó el destello juguetón en su mirada entretanto hablaba sin dejar su quehacer–. Te he visto tan agobiada que no he creído oportuno sacarte de tu error. Creo que lo más importante para ti ahora mismo es poder cerrar este trasto ¿no? –sonrió de una manera que me pareció sensualmente maliciosa.
–Mmjmjmj… –ese fue el único sonido de asentimiento que pude hacer con mi garganta. Su voz profunda y varonil me mareaba, él sabía muy bien lo que estaba haciendo, me estaba llevando a un submundo de emociones muy peligroso para mí.
Dejé que mi mente vagara por esas tierras de deseo apartándome casi por completo de la realidad. Fantaseé con que sus manos hacían buena cuenta del contorno de mi cuerpo. Lo visualicé tomándome del pelo y tirando suavemente de él para tener mejor acceso a mi cuello, lugar donde enterraría sus labios carnosos y ardientes, provocando en mí descargas que recorrerían toda mi columna vertebral de abajo a arriba; tal y como estaba ocurriendo en la realidad. 
Mi cuerpo se convulsionó de forma leve por el escalofrío que lo atravesó.
–¿Estás bien? ¿Tienes frío?
El muchacho me miraba algo preocupado, aunque en su mirada aquel cierto toque picarón aumentó exponencialmente, tanto, que fue capaz de volverme aún más loca. Había dejado de lado lo que estaba haciendo y en aquel momento me sujetaba las manos. Mi respuesta fue un movimiento entre sí y no; porque no, no estaba bien. Yo no estaba bien porque aquello no era correcto. Cierto era que no había pasado nada, pero yo sentía cosas que no debía de sentir. Todo era rápido y extraño. 
Era verdad que antes de casarme flirteaba con hombres que me parecían atractivos para llevármelos a la cama en la misma noche, un aquí te pillo aquí te mato en toda regla, algo común en la sociedad, pero esos hombres o tenían mi edad o eran más mayores, nada de asaltar cunas de jovencitos que me llevaban más de diez de años por lo bajo. Porque eso era, exactamente, lo que quería hacer, tirármelo allí mismo, sin explicaciones, sin palabras, sin ataduras… aunque me gustara más de lo normal.
El chico dio un repaso a mi cuerpo y en su boca se asomó una sonrisa burlona.
–Creo que sí tienes frío.
Negué con algo más de credibilidad. No obstante, me fue imposible articular palabra, lo único que atinaba a hacer era mirarlo embobada mientras me dejaba llevar por su aroma, su grisácea mirada, el tacto sedoso de sus manos varoniles y sus dedos que comenzaron a dibujar líneas desde las palmas de mis manos hasta los antebrazos en forma de caricias.
–Pues, o tienes frío o estás emocionada de verme –dijo con voz ronca bajando la mirada hasta mis pechos. Yo seguí su recorrido y me encontré con que mis pezones estaban duros y erguidos como diamantes capaces de cortar el cristal de una forma limpia. No pude evitar sonrojarme al instante y morderme el labio al avergonzarme por la forma en que mi cuerpo me delataba.
El ambiente se cargó de una electricidad mágica. Todo el alrededor desapareció y en su lugar se coló el oscuro vacío. Sobre nosotros un foco de luz neblinosa enfocaba la forma sigilosa y sensual con la que aquel hombre se iba acercando más y más a mí, y yo aún no era capaz de moverme. Unos pocos centímetros separaban nuestros labios, podía sentir la forma de sus músculos bajo su vestimenta, el calor de su cuerpo y su aliento embriagador sobre mi rostro. Y yo, aún, era incapaz de moverme. Me tenía embrujada, un niñato que seguramente tendría a cualquier chavalilla de pechos tersos y risa ligera, se había apoderado de mi ser, me tenía ida. Se había adueñado de mí sin apenas intercambiar palabras. Aquello estaba mal. Muy mal. Y sus ojos seguían penetrando los míos, haciendo promesas de placer inimaginables.
Un escaso milímetro nos separaba, tanto era así, que su rostro ya se había emborronado por la cercanía y mi boca entreabierta esperaba a la suya. Y aquello seguía estando mal. Muy mal.
Apreté los párpados en el mismo momento en que sentí el primer toque de su piel sobre la mía. Estaba completamente entregada, sin acción ni decisión. ¿Aquello estaba ocurriendo de verdad? Me daba igual. Todo era prescindible menos él, ese chico y ese beso. Un beso que comenzó con la suave caricia de sus labios contra los míos, pequeños roces maravillosos que hacían que mi piel se erizara de arriba a abajo. Y yo me dejaba hacer.
Luego, sentí la humedad caliente de su lengua repasando mi labio inferior y el frescor con que su respiración doblegaba esas sensaciones al caer imponente sobre la humedad que dejaba al pasar.
Con una parsimonia extenuante apretó sus labios contra los míos e hizo buena cuenta del interior de mi boca conociendo así cada rincón, empleado a fondo en la labor, como si se le fuera la vida en ello. En aquel momento me di cuenta de que mi necesidad también era suya y que los dos nos encontrábamos en el mismo punto de inflexión. Ya no había vuelta atrás. Y aquello continuaba estando mal. Muy mal…


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